Una sociedad-mundo se insinúa. Asoma tras fragmentos que se descubren interconectados, avanzando hacia un destino compartido, incierto. Tangible y vibrante se percibe tras la miríada de lo que crece al amparo del paradigma del crecimiento: crisis, catástrofes, agotamiento y tanto más. Acompasando el ritmo, crece también la reflexión, el diálogo, la esperanza.

La sociedad mundo se esboza en un juego que entreteje destrucción y creación. Un fuego que invita a abrazar la aventura de innovar el sentipensar-hacer orientándolo a abonar la comprensión, el encuentro, a bienservir a las generaciones presentes y futuras, a las de aquí y a las del otro lado del mundo. Abstenerse es dormir, anestesiarse, negar, aferrarse a lo que ya no puede ser.
Es una necesidad vital que conlleva superar una materia pendiente desde el principio de los tiempos, desde antes de la historia: el poder con otros.

El otro, cercano y lejano, siempre ha sido visto como terreno de ejercicio de un poder concebido en la díada dominante-dominado, superior-inferior, creyente-no creyente más que una posibilidad de encuentro. Los iguales bregan por distanciarse de los que no lo son, de los otros que son de temer, de desconfiar, de despreciar. Ha sido así por milenios.
Conlleva también reconocernos partícipes del gran concierto de la vida, de la vida que bulle en millones de formas en el planeta.

Pertenecemos a la vida mucho más de lo que ella nos pertenece. Ella es una propiedad del planeta. Es una trama que tiene “vocación” por la novedad: millones de años de experiencia lo avalan, evoluciona dejando atrás lo que ya no puede ser. Hoy insta a renovar la mirada, a reconocer la unidad en la diversidad, la interdependencia de destinos, la solidaridad irrenunciable. Aprender el poder con otros, renovar el respeto por la vida y celebrar el bienvivir en convivialidad se ha vuelto una materia urgente.

La cuestión de los paradigmas

Esas grandes generalizaciones con las que interpretamos el mundo, se cuelan en decisiones y acciones, tiñen vivencias, conforman realidades sin que lo notemos siquiera. Toda información es filtrada por el tamiz invisible del sistema de paradigmas reforzándolo por reiteración en un circuito de verificación y predicción. Percibimos y recordamos lo que encaja en él, lo demás lo desechamos, por rechazo o ignorancia. Actuamos en el día a día moldeando una realidad que admite la explicación racional sustentada en supuestos que se cumplen y constatan con hechos. Una sucesión de pruebas concretas dan cuenta de que estamos en lo cierto.

Invisibles, los patrones de referencia legislan la paleta de experiencias y establecen la frontera entre lo posible y lo que no lo es, lo aceptado y lo que no lo es. No importa si sabemos que nuestro recorte es una ventanita mínima en la vastedad de la realidad inasible. Nos la creemos, y esos pequeños recortes se convierten en nuestra elaboración más acabada, ficción hecha realidad.

En general, estamos dispuestos a todo para mantener nuestros patrones de creencias, y cuando los examinamos, tendemos a observar los de los demás. Los vemos por distintos, y por eso mismo tendemos a descalificarlos o a notarlos como objetos de curiosidad. Nos enorgullece estar en lo cierto; es que en esos patrones silenciosos descansa nuestro sentido de identidad.

Es una cuestión de economía elaborar generalizaciones a partir de experiencias y mantenerlas mientras funcionan. El andamiaje de esquemas de referencia contiene matrices entrelazadas a las que nos remitimos para entender y explicar todo lo que se nos presenta. Las hay científicas, religiosas, educacionales, médicas, sociales, políticas, etcétera. En ese entramado complejo se establecen relaciones jerárquicas, complementaciones y contradicciones, de manera que algunos paradigmas pueden estar actuando complementariamente en un aspecto de la vida y contradecirse en otros creando paradojas y tensiones que se multiplican a su aire, incomodando, a veces lo suficiente como para que emprendamos la tarea de renovar las lentes, ampliar la mirada.

Abrirse a un nuevo mundo lleva tiempo y es preciso transitar la desazón de buscar sin encontrar. Revisitar paradigmas superados e intentar posicionarse en el contexto de su época ilustra sobre las exigencias de esas transformaciones. Llevó más de doscientos años superar la idea de un universo cerrado, finito; pasar de la concepción Ptolomeica a la Copernicana. Fue la osadía de unos pocos que lograron atravesar la desaprobación pública y parir un mundo nuevo:

En el año 1377 Nicolás Oresme dio un tímido paso en esa dirección. Manifestó que sujeto a corrección, en su parecer, la Tierra tiene un movimiento diurno y los cielos no, y que lo contrario no puede ser demostrado por experiencia, ni razón alguna. En 1440 Nicolás de Cusa avanzó un paso más presentando indicios de que la Tierra no puede ser el centro del universo y tampoco estar exenta de movimiento. En el año 1530 Nicolás Copérnico había concluido los seis libros que componen el tratado en el que expone los argumentos a favor de un sistema heliocéntrico, pero lo hizo público recién en 1543. En 1610 Galileo Galilei finalmente dio a conocer sus descubrimientos de nuevos planetas ―logro mediado por el uso del telescopio―, poco después Jonathan Kepler expuso sus leyes de los movimientos planetarios y ya nada pudo evitar que el sistema copernicano trastornara el pensamiento y la concepción del mundo.

Las grandes creencias sobre las que se había construido toda una civilización sintieron crujir sus fundamentos, y con la nueva visión surgieron una ciencia y un mundo nuevos. Descartes aportó la piedra fundamental para bien conducir la razón en un mundo devenido objeto, separado del sujeto devenido observador despojado de vivencias, tribulaciones y anhelos. Un sujeto abstracto capaz de conocerlo todo, escrutarlo todo, dominarlo todo, despreciarlo todo tomó asiento en la torre de control; innumerables conocimientos e invenciones dieron cuenta de su poder.

El paradigma nodal del sistema dominante

La unidad macrocosmos-microcosmos ―ser humano-universo― fue sustituida por la relación sujeto-objeto. El gran paradigma de Occidente lo llama Edgar Morin, formulado por Descartes e impuesto por los desarrollos de la historia europea desde el siglo XVII.
Ejemplo elocuente de las brechas que pueden abrirse cuando la intención es puesta en acción: las aspiraciones de Descartes de procurar cuanto esté al alcance para el bien general de los hombres han quedado traicionadas de camino. Tal traición estaba ya en germen en la concepción de su método: separar espíritu de materia, sujeto de objeto, ser humano de naturaleza: todo aquello que está entretejido en distintos niveles, múltiples dimensiones y matices ―vida multicolor―.

El método cartesiano ―en el corazón de la ciencia clásica― abrió las puertas a un poder desbocado que desconoce sus propias limitaciones. Ha despojado lo humano en lo humano, el sujeto ha sido vaciado de subjetividad ―de ser―, ha devenido instrumento de una ciencia vacía de sentido que no reconoce más finalidad que la del servicio a sí misma: razón devenida irracionalidad, agotadora realidad. Es fácil verificar: pregúntenle a aquellos niños que se hacen grandes a fuerza de callejear; a esos viejos que en el supermercado dudan entre un kilo de papas o una hogaza de pan; a los que se atosigan para tapar; a los que temen perder; a los que ahogan frustraciones con alcohol o con variantes de más tenor; a tantos más.

La ciencia, referente dominante, sin embargo sigue siendo depositaria de esperanzas e ilusiones. Soberana prolífica genera conocimientos, multiplica invenciones, renueva tecnologías; por donde se mire brilla en incontables logros. La humanidad que ella ignora, la vida que pisotea es solamente una etapa necesaria del progreso. La ciencia todo lo solucionará, se cree. Siglos desbordantes de adelantos dan prueba de su poder, la vida cotidiana lo refleja ¿Quién quiere volver a las cavernas?

El paradigma científico clásico es el nudo gordiano de lo que hoy nos desafía. El crecimiento extralimitado con múltiples cegueras detenta legitimidad bajo su soberanía. Deforme ocupa un lugar en el centro de la escena y gana aplausos por doquier: crecer, crecer, crecer es una letanía que se ha vuelto latosa, amenazante. En silencio y también a viva voz la realidad interpela; aflige cuando se muestra insostenible. Las preguntas piden otras respuestas; pisamos un suelo teñido de incertidumbre ¿podremos aprender el poder con otros? ¿crecer solamente en lo que conviene crecer? ¿decrecer en lo que oscurece el horizonte?

Falacia peligrosa

Los adelantos científicos trajeron adelantos tecnológicos, los tecnológicos trajeron adelantos industriales, los adelantos industriales trajeron progreso, y el progreso sociedades desarrolladas. El trabajo alienante, la polución industrial y doméstica, y los suburbios grises son miserias transitorias, se consideraba; es lo que hay, bajo formas de lo más diversas y algunas son muy sutiles.

El progreso se constituyó en fundamento común de sistemas en pugna. Fe y bandera. En la ideología democrático-capitalista prometía bienes y bienestar y en la ideología comunista-socialista prometía paraíso social. Sueños imposibles. Con sistemas pensados para tomar aquí y desechar allí, para abrirse paso, tomar al otro, del otro, a lo otro, con burocracias estatales y aristocracias empresariales mediante, el progreso estalla en sueños rotos.

El sistema humano ―reflejo de sus paradigmas nodales― está pensado con la naturaleza como un proveedor de recursos ilimitado y sumidero de desechos, ilimitado también. Pero los recursos se agotan y los desechos se acumulan y hasta migran a lugares insospechados: a través de lo hilos invisibles de los ciclos naturales reaparecen muy lejos de los vertederos, muchas veces en nuestra propia mesa aunque luzca impecable.

La naturaleza no tiene compartimentos estancos: está altamente integrada. El planeta es un inmenso organismo vivo: los impactos aquí y allá varían en intensidad, pero se distribuyen ambientalmente a zonas muy alejadas. Los ejemplos son numerosos. Se pueden encontrar concentraciones de DDT ―el insecticida más popular del siglo XX― en tejidos de animales que habitan en los hielos Antárticos donde ―ese veneno― nunca ha sido utilizado.

El puente de La Boca es uno de los muchos símbolos de progreso fallido. Emplazado a unas cuadras del centro de poder político-económico de la Argentina integra el paisaje de la ciudad más populosa del Cono Sur. En su figura condensa la imagen de la vida que se extingue: el desastre ambiental del Riachuelo creció con el país, sus consecuencias se siembran todos los días, y por cierto, excede a las 3.000.000 de personas que en condiciones socio-sanitarias precarias habitan en las proximidades de sus riberas.

Los ríos Luján, Tigre, de la Plata, y tantos más aportan lo suyo que tampoco lo es todo. Sus efluvios se potencian con otras fuentes de contaminación y con la degradación de ecosistemas naturales. Pastizales, selvas, humedales desaparecen junto con las funciones irremplazables para la vida que ellos ofrecen: la renovación de los nutrientes, la regulación del clima, el control de pestes y enfermedades, y más.

Podemos pensar que lo que sucede allá afuera, sea en las márgenes de la ciudad, o en las cumbres cordilleranas, o en sus áridas vecindades no es problema para nosotros, pero la mala noticia es que los compartimentos estancos sólo viven en nuestras mentes que se han formado en la concepción de un mundo fragmentado. La buena noticia es que los conceptos cambian y al cambiar, se transforma nuestro mundo: construimos realidades. Toda nuestra historia es un camino de aprendizaje, coevolutivo.

Materia pendiente

Con el giro Copernicano la Tierra dejó de ser un gran orbe plano cubierto por una bóveda celeste, y Dios dejó de vigilar desde lo alto cada pensamiento, cada acto humano. “Entre la Conquista de las Américas y la Revolución Copernicana surge un planeta y se desploma un cosmos” señalan Morin, Motta y Ciurana, Emilio Roger en Educar en la Era Planetaria.

Hasta esa época la moneda funcionaba de una manera elemental: facilitaba el intercambio. Vacas, trigo, telas, o lo que fuere, y a valor de uso o cercano a él, sin sofisticados agregados de costo o de valor. Básicos los servicios, rudimentaria la producción, todo distribuido según las relaciones de poder intra-feudo, intra-pequeño estado.

Con el afán conquistador un nuevo actor entró en operaciones: el dinero bancario. Hijos de la confianza y amantes del riesgo los bancos facilitaron las sucesivas olas de emprendimientos, y la moneda comenzó a aumentar su poder de referencia en un mundo en expansión, canalizando ambiciones, generando riquezas, y también miserias en el nuevo y en el viejo mundo.

Con el despliegue de la industria y el comercio la economía se consolidó como ciencia, aparecieron los conceptos de crecimiento, rendimiento, eficiencia, rentabilidad: todos medibles bajo el parámetro de la moneda, y en vista a los mercados. Un torbellino de invenciones, conquistas, colonizaciones, imperialismos reconfiguraron la faz del mundo y la trama de la vida en un in crescendo que estalló en crisis y guerras ―mundiales― en las primeras décadas del siglo XX.

Nunca hubo competencia perfecta. La economía ―desde siempre― espeja las relaciones de poder sociales y los cambios de fortuna: lo que llaman movilidad social. Disponer de buena información es clave en la política y los negocios, y en un mundo que se rige por la competencia mucho más que por la cooperación la capacidad de obtenerla está especialmente desarrollada en los especuladores de todo tipo.

Vivencias de escasez y conflictos hicieron huella profunda en la humanidad. La suerte de uno es la desgracia de otro está inscripto en la historia de pueblos enteros a lo largo y lo ancho del planeta, como si no alcanzara para todos: es que muchas veces no alcanzó. La avaricia, la envidia y otras yerbas son rostros del temor al otro. El otro, que entonces conviene que sea inferior, dominado, despreciado, excluido, necesitado de caridad.

El siglo XX fue pródigo en manifestaciones de las más miserables facetas humanas, en millones de vidas. Se puede decir que fue el más violento de la historia. En guerras, crisis y revoluciones se conjugaron ―terribles― los adelantos de la ciencia, sofisticadas tecnologías, y esa huella tan trillada en el sentir-pensar de nuestra especie. Las promesas del progreso ―en sus variantes predicadas― quedaron de camino. Una por implosión y la otra ronda el extremo de la exclusión y la extracción, totalmente incapaz de cumplir.

Desafío compartido

El progreso ya tenía asiento de honor cuando detonó la crisis del 29. Hasta entonces todo el acento estaba en producir, pero los mercados se atosigaron, las empresas no podían vender, los bancos no podían cobrar, las calles se llenaron de gente buscando trabajo y las vidas de angustia. En el juego de oferta y demanda hubo que innovar. Se apeló a incentivos a la demanda y el juego reanudó con la vista en ese eje: generar empleo, para generar ventas, para reactivar la actividad, poner en marcha la rueda de la rentabilidad. Nació el marketing, la publicidad, y al calor de un despliegue de innovaciones el consumismo fue ganando terreno en la esfera global-planetaria.

Progreso y desarrollo, industrialización, crecimiento a ritmo respetable aquí y allá proveyeron mejoras a muchos, nadie duda. Adelantos tecnológicos pasaron a la esfera doméstica facilitando la vida, ofreciendo comodidad. Sucesivas crisis, como las del petróleo y de la deuda encontraron vías de recuperación. Son inherentes al sistema capitalista; son movimientos de auto-regulación, dicen. Pero se vuelven más profusas: energéticas, de deuda, alimentarias, financieras y otras más se extienden por la red global golpeando más donde más duele.

Hay algo más profundo que pide atención y transformación: la distancia entre la economía virtual y la economía real, y los principios de actividad en la economía real divorciados de los principios de la naturaleza. El modelo dominante es de agotamiento. Pensado con la naturaleza como un proveedor ad-infinito de externalidades y la moneda como referente único de generación de valor deja al margen lo esencial: la vida.

La economía monetaria global en red no es una nueva economía. Es la vieja economía con nueva tecnología al servicio de la religión del crecimiento. Exponencial en muchas facetas, el crecimiento, ajeno a sus limitaciones sigue encandilando a sus adeptos llevando al sistema a la inestabilidad lejos del equilibrio (spinning-out) lo que llevará a su reorganización o a su destrucción al alcanzar un nivel crítico, lo que en sistémica se denomina punto de bifurcación.

En mercados interconectados todo se traduce a cifras valor hoy que circulan por la red en instantáneo. Pero ni la vida, ni la actividad económica ―real― funcionan así. Los procesos económicos: la producción y distribución de bienes y servicios suceden en el tiempo y en el espacio, como la vida de las personas de carne y hueso. Ambas dependen del ecosistema planetario.

En la red global crecen las asimetrías, la conflictividad, las crisis económicas y financieras, también las catástrofes naturales. Crece el stress ambiental y también el personal: no importa si se trata de ricos o de pobres, cada quien tiene su propia mezcla de inquietudes. No tenemos plena conciencia de un destino común, pero lo intuimos. En algún lugar cada quien sabe o sospecha que aquello allá afuera ―cerca o lejos―, de alguna manera tiene que ver con lo que vivencia en cuerpo y alma, en el suyo propio.

Hoy, a la luz del desafío que enfrentamos ―como humanidad― me animo a decir: le es íntimo, vital. Lo que está allá también está acá, de alguna particular manera. Mirar con las lentes paradigmáticas que permitan ver y hacerse cargo es la cuestión. Asumir responsabilidad es abrir cauce para que los derechos humanos sean realidad y no meras declaraciones.

El ejercicio de la responsabilidad en donde sea que estemos, cualquiera sea el rol que jugamos es retomar nuestro lugar y poder, es sacudirnos la ilusión. El poder con otros es el poder clave para el delicado cambio de época que se está transitando: puede abrir el acceso a recursos infinitos, a un mundo de abundancia de lo que más importa.

Del libro “Un Camino a la Abundancia” y del Ensayo integrador “Diplomado Pedaggía Compleja” Multiversidad Mundo Real Edgar Morin “Economía Amable, Sociedad Creativa”