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En abril el cielo se impregna de luz dorada y el aire se carga de promesa. Esta vez el mes abre en domingo de celebración ¡Pascuas! Es una celebración para sintonizar con una economía pensada desde y para la abundancia: La promesa de un nuevo nacimiento está representada en los huevos de Pascua y la abundancia en el conejo, o la coneja, que nos los hace llegar, previo ritual de esconderlos para que los busquemos. Significa que la abundancia requiere una búsqueda, una preparación.

En mi familia el Domingo de Pascuas era levantarse a buscar los huevos que el Conejo había escondido en algún lugar del jardín: en el pasto alto, en la jazminera, en algún tacho del patio. Los chicos emprendíamos la aventura de descubrir los escondites, canasto en mano. Los grandes nos seguían, alentándonos, deslizando alguna pista. No importaba quién llenaba más su canasto, porque al final se juntaba todo en una pila sobre la mesa y se hacía reparto. Llegado el momento, mi hermano y yo nos instalábamos frente a ese tesoro que nos parecía enorme, dándonos a tarea de elegir huevos por turno. Uno él y uno yo, hasta hacer desaparecer la pila.

Todos pintados a mano, esos huevos de Pascua eran piezas únicas. Los de pintura al aceite tenían el callado sello de mi madre, con distintos colores entremezclados: rojos, azules, verdes, amarillos…y trazas de negro o blanco; los de tintura natural: de flores de marcela, de cáscara de remolacha, de hojas de manzanilla tenían el de nuestras abuelas. Había variedad de rellenos, también con el sello personal de madre y abuelas. Ellas, durante el año se aseguraban de juntar buena cantidad de huevos. Cada vez que preparaban tortas y tortillas, en vez cascarlos, les daban un golpecito abriendo un boquete para vaciarlos de clara y yema. Luego los lavaban, secaban y guardaban.

—¿Y eso para qué? nos era respondido con un ambiguo:

…para usarlo después.

Aquellas cáscaras vacías desaparecían de la vista para reaparecer, secretamente, durante las siestas misioneras hacia el final del verano. Entonces mi madre se instalaba en el altillo de nuestra casa con potes de restos de pintura y cajas llenas de cáscaras de huevo con el sólo objeto de pintar artesanías de amor. Con el acompañamiento de los últimos conciertos de chicharra del verano las cáscaras se transformaban en óvalos multicolor, que mi madre ponía a secar frente a la ventanita del altillo, colgándolos en los gajos de ramas secas instaladas en viejas damajuanas de vino, secas también y cubiertas del polvo rojizo de mi tierra natal.

Cuando yo ya había pasado la etapa del misterio, la ayudaba. Mi hermano, que era dado a dormir siesta, daba oportunidad. Fue así que para él, el secreto quedó develado en una ocasión en la que despertó cuando estábamos terminando, a punto de bajar. Al descubrir que él se acercaba, mi madre se apresuró a entornar la ventana  y yo, por un instante, admiré los destellos de color que exhalaban las ramas secas iluminadas por los rayos del Sol que se colaban por allí.

Las dos supimos que había sido muy tarde, porque mi hermano al pie de la escalera nos hizo saber de su deseo:

―¡Yo también quiero ver ese árbol de Navidad!

A mí, la revelación me había llegado unos años antes, a través del olfato, cuando un aroma a delicias me envolvió una noche despertándome, invitante. Sorprendida por aquel silencio impregnado de dulzura me levanté deslizándome hasta la cocina en donde descubrí a mi madre absorta entre ollas, fuentes y papelitos, rellenando cáscaras, cerrando boquetes con papel oro, papel plata o papel fantasía, según fuera el relleno. A la vista quedaron entonces esos detalles que mi hermano y yo investigábamos con tanta avidez en los primeros días después de la visita del Conejo.

Cada quien quería saber cuáles eran las piezas que consideraba las más ricas. El peso y el color del papel, con el que estaban cerrados los boquetes de los huevos de gallina devenidos en arte ritual culinario, eran indicios de las opciones: pasta de maní molido fino, molido grueso, al chocolate, a la vainilla, con confites, sin confites, más húmedos o más secos. Cuando mi hermano y yo por fin teníamos idea del valor de aquellos huevos para cada quien, nos poníamos a negociar entre nosotros. Él en desventaja: yo podía llegar a cobrarle dos de vainilla por uno de chocolate, y todo por su debilidad innata. De bebé, él tomaba su mamadera con leche chocolatada o no la tomaba.

Aquellas idas y vueltas ofrecían lección práctica de negociación, para que cada quien pudiera quedarse con lo que consideraba de mayor valor, pero lo más importante que aprendí es que buscar y prepararse es el ineludible anticipo de cualquier buena celebración.

Este relato es parte de la trama de mi libro FUTURABLES sociedad creativa, economía amable

6 thoughts on “Pascuas es promesa de ABUNDANCIA

  • Abril 1, 2018 at 8:00 am
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    Qué hermoso, amiga! Cuánto trabajo para llegar a esto… Muy inspirador y conmovedor… y las Pascuas nos unen hace muchos años…! Te felicito y por supuesto quiero tener tu libro…!!

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  • Abril 1, 2018 at 8:08 am
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    Te acordarse!!! Ja ja. Los de mamá siempre fueron los más ricos!! Ja jaaaa

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  • Abril 1, 2018 at 10:38 am
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    Muy bueno, ¡Felices Pascuas!

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  • Abril 1, 2018 at 1:29 pm
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    Hermoso. Vivimos sinergias parecidas. En nuestro caso escondían los nidos que podían aparecer con hormigas o mojados por la lluvia. Siempre fue un placer el disfrutar de este tiempo tan místico y amoroso. Como lo preparaban nuestros amados padres.

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  • Abril 1, 2018 at 2:37 pm
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    Hermoso. Has revivido mi bella feliz despreocupada y protegida infancia. Gracias Frohe Ostern y un fuerte abrazo .
    Molly

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  • Abril 11, 2018 at 4:20 pm
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    Hola Silvis,no se si leeras esto ,quiza si ,quiza no. Citando tus escritos “sintonizar rumbos” que pequeña frase y todo el universo que encierra. Fue un placer conocerte, algo que no hubiera calculado nunca, conocer a una persona tan profunda y lucida como vos. te mando beso y que estes bien, Ruben

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