Los paradigmas son esas creencias profundas que vienen de nuestra cultura social y familiar, y también de nuestras experiencias personales. Siempre son difíciles de cambiar, aunque sean insostenibles o ya no nos sirven bien para crear y vivir las mejores realidades. En esta historia comparto la experiencia de mi “primer cambio de paradigma”, que es elocuente al respecto.  

“Cuando yo tenía tres años en casa pasaron cosas, entonces mi madre se enfermó y a mí me internaron en un colegio. Nosotros vivíamos en las afuera de un pueblo, en una casa rodeada de naranjales y de yerbales, y yo nunca antes había siquiera visto ese colegio. Me llevaron mi padre y mi abuela, y llegamos a la hora de la salida.

Había muchos chicos con guardapolvo celeste, y al celeste yo lo tenía muy presente porque en un rincón del jardín de mi casa crecían las únicas flores celestes que por entonces yo conocía: los no me olvides. Y ese día mi abuela me había dicho que en los no me olvides Dios pinta pedacitos de cielo para no olvidar.

Cuando vi tantos chicos con guardapolvo celeste me agarré fuerte de la mano de mi abuela. Al final de la escalinata nos esperaba la hermana Salette, y lo primero que vi fue que tenía un lunar grandote en el mentón, pero cuando ella se agachó para hablar conmigo me encontré reflejada en unos ojos llenos de promesa.

Ella se despidió de mi padre y de mi abuela y con mi bolsito me llevó hasta el dormitorio de niñas. Allí había unas doce camas cucheta. No había cortinas en las ventanas ni peluches en las camas, sólo una cruz de madera al fondo. Caminamos hasta una cama casi al final del pasillo y allí, con la mano, le indiqué que yo quería la de arriba, pero ella me dijo que no, que yo era muy chiquita.

Después guardó mis cosas en un armario y me llevó a recorrer el colegio. Sólo se escuchaban nuestros pasos y su voz que me decía:

Hay maestras como hadas y hay muchos chicos para jugar. Vas a ver Benjamina ¡Te va a gustar!

Ése era mi nuevo nombre. Para ella yo era la Benjamina.

Cuando llegamos al comedor, había muchas nenas sentadas a una mesa larga, y todas se dieron vuelta a mirar cuando entramos. Para acomodarme pusieron almohadones sobre mi silla, porque la mesa era muy alta para mí. Después, durante la cena las nenas hablaban bajito, pero no conmigo, y cuando terminamos fuimos a la capilla, en donde en la entrada había un angelito con agua bendita, y como estaba muy alto me alzaron y me hicieron la señal de la cruz. Yo nunca la pude aprender.

Adentro había una mezcla de aroma a incienso y cera, y un rumor. Todas rezaban, menos yo. En casa no éramos religiosos. Después nosotras nos fuimos al patio, a jugar, y las monjas se quedaron rezando el rosario. Nos olvidamos, corrimos y gritamos, entonces salió una monja y nos puso en penitencia.

¡Todas en fila de cara a la pared! ¡Por salvajes! dijo.

Al rato una nena se dio vuelta y me sopló:

¡A veces es peor! A veces nos ponen de rodillas sobre granos de maíz…

A la hora de ir a dormir me llevó la hermana Salette, me puso el  pijamas y me preguntó:

ꟷ¿Querés rezar?

Junté las manos y recité lo único que sabía:

ꟷÁngel de la guarda, dulce compañía… Me lo había enseñado mi abuela, que era muy católica.

Me quedé unos cuantos meses ahí y se cumplieron muchas promesas de la hermana Salette. Aprendí un montón de juegos: la gallinita ciega, la mancha venenosa, el martín pescador, y hasta a la bolitas jugaba, pero los viernes después de las cinco el colegio quedaba casi vacío, en silencio. Los guardapolvos celestes desaparecían todos.

Un fin de semana llovieron nueces. El cielo se puso de un color amarillo-negro y las pocas nenas que estábamos nos agolpamos en el umbral de la puerta, a mirar como caían y rebotaban los pedazos de hielo en el patio, más y más. Después la lluvia se hizo torrencial, y cuando paró apareció la hermana Salette con una bolsa llena de nueces que repartió entre nosotras. Era la primera vez que yo las veía, y estaban deliciosas.

Al rato salió el sol, y después vinieron mis padres a buscarme ¡Mi madre! Y otra vez pude estar con mi familia.

Tiempo después, una tarde estando en casa con mi madre, el cielo se puso de ese color amarillo negro. Al verlo, mi madre gritó:

ꟷ¡Granizo!   

Salió corriendo a tapar todas las plantas que podía. Yo me llené de expectación, agarré una silla y la puse delante de la ventana de la cocina y me subí allí para poder ver el espectáculo. Las piedras de hielo cayendo y rebotando aquí y allá, más y más. Después los torrentes de agua desdibujaron rápidamente los senderos de hielo que se habían formado.

Cuando paró, el cielo clareó rápidamente y yo seguía expectante, pero las nueces no aparecían. Esperé un rato en desconcierto, y luego a mi madre pregunté:  

ꟷ¿Y las nueces?

Entonces ella me explicó que del cielo no llueven nueces, sino que son los frutos del nogal, un árbol que no suele crecer en la zona en la que por entonces vivíamos.

Entendí y comprendí. Sin embargo, aún hoy, y más aún desde que mi madre ya no está, cuando el cielo se pone de ese color amarillo negro, en algún lugar de mi corazón, yo espero que otra vez lluevan nueces.

Cambiar paradigmas no es fácil. Todo lo contrario. Seguramente ustedes también tuvieron alguna experiencia de este tipo, en donde lo que creían no tenía sustento alguno en la realidad cotidiana. Pero no siempre es tan obvio, las más de las veces los paradigmas son muy sutiles y no nos damos cuenta de cómo están creando nuestras realidades y vivencias.

Poder reconocerlos es un buen principio para propiciar cambios sustantivos en lo que conviene cambiar. Este tema me interesa desde siempre, y en cuanto pude dediqué buen tiempo a estudiar qué son, para qué sirven y como se transforman los paradigmas. Mi primer libro: “UN CAMINO A LA ABUNDANCIA” está enteramente dedicado a los paradigmas con los que gestionamos nuestras realidades. Explorando la cuestión fui aprendiendo que podríamos vivir mucho mejor de lo que vivimos, a nivel individual y social.

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